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El metaverso en riesgo: sin accesibilidad, será exclusión digital

Pedro Martínez se ajustó las gafas, como quien acomoda el mundo antes de hablar. Estábamos en una cafetería de Murcia, casi vacía, con ese aire a hierro caliente que dejan las batidoras a las dos de la mañana. Dijo: “No es un tema técnico. Es moral”. No recuerdo bien si usó esas palabras exactas, pero algo así como… “si no empiezas con la inclusión, todo lo que construyas ya está roto”. Y en eso insistió.

Lo que está en juego no es si el metaverso llega o no. Eso ya pasó. Lo que está en juego es quién lo habita. Y quién queda afuera. Porque mientras Meta, Telefónica y otras grandes hablan de inmersión, de avatares, de realidades paralelas, hay una pregunta que nadie quiere responder: ¿qué pasa con los cuerpos reales? Los que no ven, los que no oyen, los que no se desplazan igual, los que piensan distinto.

Hace unas semanas hablé con un tipo de Melilla, Juan López. Trabaja con personas con diversidad funcional en ASPAINE. Me contó de una mujer que, en su intento de usar una plataforma de metaverso, no lograba ni siquiera entrar al menú principal. No por falta de habilidad. Por una interfaz mal diseñada, sin pictogramas, sin lenguaje claro. Como si le pidieran a alguien con muletas que suba una escalera sin pasamanos. Y encima, le digan: “es que no te esfuerzas”.

En el metaverso, la exclusión no es solo técnica. Es ética. Y se reproduce en silencio. No hay leyes que lo regulen. No hay estándares obligatorios. Solo promesas. Las empresas apuestan por lo impresionante: mundos 3D, interactividad, avatares con expresiones faciales. Pero se olvidan de lo básico: que una persona ciega pueda moverse con un lector de pantalla. Que quien usa control ocular no quede excluido porque la interfaz no lo soporta. Que quien no procesa información de forma convencional tenga un lenguaje que no lo deje atrás.

Javier Aguado, de la ONCE, lo dijo de otra manera. Algo como: “los desarrolladores ni saben que esto existe”. No es mala fe. Es ignorancia estructural. Como si construyeran viviendas sin saber que existe la silla de ruedas. Y luego se sorprendan cuando nadie puede entrar.

La tecnología no es neutral. Nunca lo ha sido. Y el metaverso ya está codificando desigualdades. No con intención, tal vez. Pero con consecuencia. Si no se incluye desde el boceto, desde el primer algoritmo, desde la primera reunión de diseño, entonces todo lo que venga después será una adaptación. Es decir: una disculpa tras otra.

Telefónica y la Fundación ONCE intentan algo. Un proyecto conjunto. No sé hasta dónde llegará. Pero al menos parten de una verdad incómoda: investigar la diversidad antes de diseñar. No al revés. No como parche. Como principio.

Porque la gran pregunta no es si el metaverso será accesible. Es: ¿quién está decidiendo cómo será? Mientras las salas de desarrollo estén llenas de jóvenes con buenos diplomas y buenos sueldos, y vacías de voces con diferencia, el resultado será el mismo: un mundo nuevo para los mismos de siempre.

Y nadie lo dice alto. Pero todos lo sabemos.

El verdadero desafío no es la tecnología. Es la humildad.

¿Y si en vez de crear mundos perfectos, nos enfocáramos en hacerlos posibles?


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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