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La llamada que cambió el mundo: el nacimiento del móvil y su impacto en Ecuador

Era un ingeniero con la espalda recta, el tipo de hombre que camina como si tuviera un objetivo grabado a fuego. Martin Cooper, allá por 1973, en una esquina de Nueva York, levantó un ladrillo negro con antena y marcó el número de su rival. No fue un saludo. Fue una declaración: “Aquí está Marty. Solo te estoy llamando desde un teléfono móvil real”.

No dijo “histórico”. Nadie usaba esa palabra entonces.

Y sin embargo, ese pedazo de metal, pesado como una maldición, fue el inicio de todo. Un prototipo: el Motorola DynaTAC 8000x. Caro, torpe, con batería para apenas treinta minutos de conversación. Pero era libre. Portable. No encadenado a una pared.

Basta pensar en eso: por primera vez, la voz humana no necesitaba un cable.

Los años ochenta lo convirtieron en estatus. Solo los que tenían dinero lo cargaban. Un símbolo, como un reloj de oro o un traje de diseñador. No servía para más que hablar, y aun así, muchos lo veían como un lujo raro, casi obsceno.

Luego vino la digitalización. La red 2G. SMS. De pronto, ya no bastaba con la voz. Mandábamos letras, frías y precisas. El Nokia 3310 apareció como un tanque entre mariposas: indestructible, con Snake, calculadora, alarma. Todo eso en un bloque de plástico. Y no había internet. No había redes. Pero había intimidad en esos mensajes cortos, en los tonos predefinidos, en el arte de abreviar para no gastar caracteres.

La llegada del 3G cambió la respiración de la comunicación. Internet en la palma de la mano. Al principio, lento. Como si el mundo se asomara por un agujero. Pero en 2007, Apple lanzó el iPhone. No fue solo un teléfono. Fue una interfaz limpia, una pantalla táctil, un silencio alrededor del botón físico.

Y desde entonces, el móvil dejó de ser un aparato. Se volvió extensión del cuerpo.

Hoy, el 5G es el pulso invisible. Velocidades que ni notamos, latencia casi inexistente. Pero no es solo para ver videos sin que se trabe. Es lo que permite que un dron entregue medicamentos a un pueblo remoto en Ecuador. Es lo que hace posible que un médico en Quito opere con datos en tiempo real provenientes de un hospital satelital. Es lo que conecta semáforos, cámaras, autobuses, en una ciudad que aprende a respirar sola.

La tecnología no es neutral. Nunca lo ha sido. Detrás del 5G, hay monopolios, espectros licitados, gobiernos que firman acuerdos con empresas que nadie ve. La conectividad prometida no llega igual a todos: hay zonas rurales donde aún no hay 4G, y se habla de 5G como si fuera el cielo, cuando muchos ni siquiera tienen agua en la llave.

Pero en lo urbano, el control se vuelve sutil. La vigilancia disfrazada de eficiencia. La personalización que termina siendo predicción. Inteligencia artificial que adivina lo que vamos a comprar, antes de que lo pensemos.

Y uno se pregunta: ¿quién decide qué ciudad es “inteligente”? Porque no todas las necesidades son iguales. En un barrio de Guayaquil, la prioridad no es un semáforo automático, sino no tener que caminar dos horas para ver a un especialista. En ese sentido, el 5G puede ser salvación o distracción.

La transformación digital no es solo cuestión de velocidad. Es poder. Es quién tiene acceso, quién lo regula, quién se queda fuera. En Ecuador, hay planes. Hay discursos sobre telemedicina, educación remota, ciudades más limpias. Todo suena bien. Pero también suena a promesas ya oídas.

Hace unas semanas estuve hablando con un técnico de telecomunicaciones en Cuenca. No quiso dar su nombre. Me dijo más o menos: “El 5G ya está activo en ciertos nodos, pero no te creas todo lo que anuncian. La infraestructura no está lista. Y los que más ganan no son los usuarios”.

No sé si tenía razón.

Pero sí sé que cada avance tiene su precio. El primer móvil pesaba casi un kilo. El actual no pesa nada en la mano, pero carga con todo: datos, rastreo, adicción, desigualdad.

Cooper no podía imaginar esto cuando llamó a su rival.

Hoy, la pregunta no es qué puede hacer el teléfono.

Es quién decide qué debemos hacer con él.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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