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La evolución que revolucionó la comunicación: del primer móvil al Samsung A72

Bueno… hace unos días, mientras revisaba un viejo cajón en casa de mi madre, encontré uno de esos teléfonos que ya nadie recuerda: un Motorola DynaTAC 8000X. Lo sostuve como si fuera una reliquia de una civilización olvidada. Pesado. Frío. Con ese aire de cosa que nadie creyó que existiría, y mucho menos que sería reemplazada.

Lo encendí. No prendió, claro. Pero me quedé pensando: en 1973, un tipo llamado Martin Cooper, ingeniero de Motorola, hizo la primera llamada desde la calle en Nueva York con ese trasto. No fue un anuncio triunfal. Fue un gesto casi clandestino, como si estuviera adelantándose al tiempo. No había redes. No había nada. Solo una voz que viajaba por el aire, sin hilos, como si fuera magia negra. Y en realidad, era solo el comienzo de algo que ya no podemos desarmar.

Después vinieron los Nokia. Recuerdo a mi hermana con un 3210, escribiendo mensajes sin mirar la pantalla, como si sus dedos memorizaran el futuro. Todos lo hacíamos. Y de pronto, lo analógico se volvió digital. Llegó la 2G. Ya no era solo hablar: ahora podías enviar tres palabras a alguien. SMS. Un milagro diminuto. Pero no fue por democratización. Fue por control. Las compañías no querían que la gente se comunicara más: querían rastrear, medir, vender. Convertir cada palabra en dato. En realidad, nunca fue por conectarnos: fue por registrarnos.

Y entonces llegó 2007. El iPhone. Apple lo sacó como si estuviera revelando un evangelio. Pantalla táctil. Sin teclas. Un espejo negro que respondía al roce. No fue solo un aparato: fue un ritual. La gente lo sostenía como si fuera sagrado. Pero detrás de esa pulcritud, ya se tejía la trampa. Android tomó impulso. Samsung, que antes era un nombre en la etiqueta trasera, se convirtió en la puerta de entrada para millones que no podían pagarlo todo, pero querían estar adentro.

Hoy, el Samsung A72. Cámara cuádruple. Pantalla de casi siete pulgadas. Batería que dura dos días. Un ojo que ve en la oscuridad, que reconoce rostros, que mejora lo que fotografías, como si la realidad no fuera suficiente. Y el A13, más humilde, sí, pero con una batería de 5000 mAh y una cámara de 50 megapíxeles. Suficiente para que un campesino en Táchira registre su cosecha, para que una madre en El Salvador vea a su hijo por videollamada, para que un chavalo en Buenos Aires grabe un manifiesto y lo tire al mundo sin pedir permiso.

Pero esto no es solo progreso. Es jerarquía. Los que tienen los últimos modelos, con 5G, se mueven en una dimensión distinta. Descargan en segundos. Ven en 4K. Viven en tiempo real. Los otros, los del 4G, del 3G, de los restos, están en una cola infinita. No tienen el mismo acceso. No tienen la misma velocidad. No tienen el mismo tiempo.

El 5G está aquí. Ya no es futuro. Está en el S21, en el iPhone 13. Permitió la realidad aumentada, los dispositivos IoT, lo que sea que eso signifique para la gente común. Pero en Caracas, en San Pedro Sula, en tantos lugares, ni siquiera hay 4G estable. Hay apagones. Hay bloqueos. Hay censura. El futuro no llega igual. Llega primero a unos, y a otros les llega como sobra.

Y los fabricantes hablan de sostenibilidad. Dicen que quieren reducir los residuos electrónicos. Que piensan en la eficiencia energética. Pero cada año hay un modelo nuevo. Cada año te hacen sentir que el tuyo ya no sirve. Que está viejo. Que no basta. Así funcionan: creando obsolescencia en la mente antes que en el aparato.

En 2025, dicen, vendrán los pantallazos flexibles. Teléfonos que se doblan. Que se enrollan. Que parecen papel. Y la inteligencia artificial, esa que ya está aprendiendo cómo respiras, cómo caminas, cuándo estás triste. Que anticipa lo que vas a decir antes de que lo digas.

Pero yo sigo con el DynaTAC en la mano. Pienso en ese momento en que la comunicación se convirtió en dato. Cuando lo privado dejó de ser privado. Cuando estar conectado dejó de ser un privilegio y se convirtió en una obligación.

Y me pregunto: ¿quién decide qué partes de nosotros entran en la red… y cuáles se quedan fuera?

No se sabe.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Ryan Foster
Ryan Foster

Ryan Foster investiga el poder de la tecnología sobre la democracia, la privacidad y los derechos civiles. Fue investigador en Wired y colaboró con The Markup en análisis de algoritmos, vigilancia estatal y prácticas anticompetitivas de grandes plataformas. Combina periodismo de datos, revisión de código abierto y fuentes del sector tecnológico. Estudió Ciencias de la Computación en Stanford y tiene una maestría en Periodismo de Datos de la Columbia Journalism School.

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