
Corrupción que corroe: el soborno en el poder y su costo humano
Ella no firmó.
Ni siquiera dejó huella digital.
La factura pasó por tres oficinas antes de llegar a la tesorería, pero nadie supo de dónde salió. Sólo que el monto era absurdo: trescientos veintidós mil dólares por un suministro de balones de oxígeno que nunca entró al almacén. Y nadie preguntó.
Todos lo sabemos: la corrupción no empieza con un acto, empieza con un silencio. Primero es un café. Luego, una caja. Después, una firma sin nombre. Al final, el nombre sobra.
Hay un tipo de corrupción que no se ve: no hay maletas de dinero, no hay reuniones en moteles, no hay audios filtrados. Es la que se hace entre líneas, en los huecos de los formularios, en las licitaciones que ganan sin competir. No es robo, dicen algunos. Es trámite.
Pero ¿y si el trámite es el crimen?
La gran corrupción no necesita capos. Necesita gente anodina. Funcionarios con zapatos gastados y escritorios de melamina. Personas que aprendieron que un sí puede valer más que un salario. No piden mucho. Sólo que los dejen pasar. Que no miren. Que no pregunten.
Y así se vacía un país: no con ruido, con rutina.
Hace unas semanas, en un puerto del norte, un contenedor de equipo médico fue desviado. Oficialmente, se perdió. Pero en el archivo de aduanas, alguien marcó como “inspeccionado” un informe sin firma. No era necesario: ya habían pagado. No en efectivo. En favores. En promesas de contrato. En silencios acumulados.
Transparencia Internacional lo llama enriquecimiento ilícito. Pero aquí, en la trinchera, no tiene nombre. O mejor dicho, tiene muchos nombres: “gestión”, “solución”, “facilidad”.
Un inspector me dijo una vez, no recuerdo bien, pero fue algo así como: “No somos corruptos. Nos adaptamos”.
Eso es lo más peligroso: cuando el delito se convierte en supervivencia. Cuando aceptar un regalo no es venderse, sino “recibir lo que te deben”.
Y el ciclo sigue: un obsequio pequeño, luego otro. Un agradecimiento. Una cena. Y de pronto, ya no hay vuelta. Firmas lo que te dan. Apruebas sin ver. Cierras los ojos cuando el proveedor es amigo del jefe del jefe.
Pero no es sólo el dinero lo que corrompe. Es el hábito. La comodidad de no resistir.
Porque la corrupción también ocurre por omisión. No cuando uno actúa, sino cuando se queda quieto. Cuando mira hacia otro lado mientras un contrato se infla, mientras un nombre aparece sin haber participado, mientras una empresa fantasma cobra millones.
Y no hay fotos. No hay pruebas. Sólo una cadena de pequeñas decisiones que nadie quiere contar.
¿Qué pasa con los que no aparecen?
Los médicos que no reciben insumos. Los pacientes que se mueren por falta de oxígeno. Los funcionarios honestos que renuncian porque no aguantan.
Ellos no salen en los informes. Tampoco en los titulares.
Pero son los que pagan.
En el fondo, la corrupción no es un problema legal. Es un duelo colectivo. Porque cada vez que alguien se queda callado, un poco de justicia se entierra.
Y no se sabe cuándo, pero en algún momento, el país entero deja de preguntar.
¿Quién inició esto?
No importa. Ya todos lo llevan dentro.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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