
Integración norteamericana, clave para frenar expansión china
Era de madrugada cuando un colega, desde Ciudad de México, me mandó un mensaje seco: “¿Has visto lo de Trump y el T-MEC otra vez?” No respondí enseguida. Me quedé mirando el techo, con el café ya frío en la taza, pensando en cuántas veces hemos repasado este guion. No es nuevo, no es nuevo. El proteccionismo no vuelve, nunca se fue. Solo cambia de nombre.
Aquí, en Caracas, mientras escribo, todo suena distinto. La gente no habla de bloques comerciales, o de nearshoring, o de dumping. Hablan de hambre, de colas, de dólares que no llegan. Pero esto no es ajeno. Nada de lo que pasa en Norteamérica es ajeno. Cada decisión económica allá, cada movimiento de poder, cada amenaza lanzada desde la Casa Blanca, se siente acá en la piel, en el peso que no alcanza, en la medicina que falta.
Trump gana otra vez —eso dice el artículo, eso repiten las fuentes— y con él regresa el discurso de las paredes. No solo la del sur, hecha de concreto y política barata, sino la que quiere levantar entre Estados Unidos y el mundo: aranceles, vetos, advertencias. Pero esta vez, el enemigo declarado no es solo la inmigración. Es China. Ese dragón que no duerme, que ha ido despacio, como quien no quiere la cosa, llenando puertos, comprando ferrocarriles, firmando contratos en países que el Norte ya había olvidado. Y ahora, desde Washington, se alzan las voces: hay que frenarlos. Hay que protegerse.
Claro. Pero proteger a quién.
Porque mientras en D.C. se habla de recuperar influencia, en Honduras, en Bolivia, en Argentina, la gente ya tomó una decisión hace rato: abre la puerta al que llega con inversión, aunque venga de Shanghái. No por amor, sino por necesidad. Y eso no se revierte con amenazas.
Lo que más me inquieta no es el regreso de Trump. Ya lo conocemos. Es su silencio sobre la integración. Porque, y esto lo dice el texto entre líneas, tal vez la única forma de competir con China no es cerrando fronteras, sino abriéndolas entre ellos: México, EUA, Canadá. Una alianza real. No solo un tratado firmado en papel. Sino un aparato institucional, logístico, político. Una red que comparta no solo bienes, sino soberanía. Que use la geografía como ventaja, los puertos, las rutas ferroviarias, ese proyecto transcontinental mexicano del que nadie habla aquí.
Dicen que en México tienen una red férrea que nadie explota. Canadá, recursos brutos y un ferrocarril que corta continente de costa a costa. Estados Unidos, tecnología, puertos enormes, dólares. Juntos, podrían convertirse en lo que el texto llama “el bloque económico más importante del mundo”. Pero también dicen que Trump sigue pensando en murallas. Y eso no protege. Detiene.
Hubo algo que me quedó dando vueltas. El artículo menciona una posibilidad: que la integración norteamericana también fortalezca el control migratorio, que una mejor vigilancia en la frontera sur de México reduzca el flujo hacia EE.UU. Suena lógico. Pero para alguien que ha visto miles cruzar el Darién, que ha escuchado madres contar cómo sus hijos desaparecen en el camino, no suena a solución. Suena a trasladar el problema. A decir: manténganlos allá, que aquí no los queremos.
Y entonces, ¿qué pasa con Brasil? Con Argentina? Con Venezuela, que aún hoy, en medio del colapso, interesa por su gas, por su oro, por su posición estratégica? Porque si no hay un frente propio, si no hay integración Sur, entonces el vacío seguirá. Y el vacío, ya lo sabemos, lo llenan los que llegan con chequeras llenas y paciencia de hormiga.
Escucho por ahí rumores de que algunos países europeos ya hablan de China como una economía devoradora. Como si eso justificara una nueva cruzada. Pero acá, en el Sur, no nos engañamos. No es cuestión de quién es peor. Es quién paga el costo.
Y siempre es el mismo: quien no firma los tratados. Quien no está en la sala. Quien solo aparece en los informes como estadística.
No sé si esta alianza norteamericana llegará a ser real. O si será solo otro discurso más que se queda en el aire, como tantos otros. Lo que sí sé es que, mientras ellos deciden, acá la gente sigue eligiendo: entre el hambre y la esperanza. Entre quedarse o arriesgarse en el camino.
Y uno se pregunta, a esta altura de la madrugada, con el café ya frío: ¿quién decide por nosotros?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
¿Tienes información relevante? Compártela con nosotros aquí.







