
Detención de migrantes centroamericanos cae más del 90 % en EE.UU.
Berta solía contarle a su nieta que los hombres se iban por la mañana, sin despedirse, con el pantalón planchado y los zapatos atados con fuerza. No para el trabajo, sino para cruzar. Decía que se les veía en los ojos: un brillo seco, de miedo contenido. Ahora, en su pueblo de Jutiapa, las calles están más tranquilas. Demasiado.
Este año, algo cambió.
Las cifras lo dicen, pero no explican. Entre enero y agosto, Estados Unidos detuvo a poco más de veinte mil personas del Triángulo Norte. Menos del diez por ciento de lo que era normal hace apenas doce meses. Guatemaltecos, hondureños, salvadoreños: todos cayeron en picada. Noventa por ciento menos. No es ajuste, no es fluctuación. Es un colapso.
Y claro, uno mira el mapa y piensa: ¿Qué pasó acá?
Dicen que empezó con enero. Justo cuando él volvió. Ese hombre de voz rasposa y política de miedo. Desde entonces, las caravanas no se formaron. Los coyotes bajaron sus precios, luego sus expectativas. Las redes sociales, antes llenas de testimonios de cruce, ahora muestran videos de fábricas, de programas de empleo, de visados que se otorgan desde consulados lejanos. Oficinas nuevas. Sillas vacías. Silencio.
Guatemala, con el mayor porcentaje de descenso, parece respirar aliviada. Pero no es alivio. Es incertidumbre. Como cuando el río se seca y uno no sabe si fue por la sequía o porque alguien cortó el agua más arriba.
Hablé con un tipo en Comayagua, no me acuerdo bien el nombre, algo como Marvin, creo. Trabajaba en una construcción en Texas. Ahora está en un centro de acopio, empacando frijol para migrantes… que no llegan. Me dijo, más o menos: “Aquí ya no se habla de Estados Unidos como destino. Se habla de resistir. O de ir a Canadá. O de quedarse y morir despacio.”
Esa frase me quedó.
Porque el fondo de esto no es la frontera. Es lo que queda adentro cuando la salida se cierra. No sabemos cuántos dejaron de migrar porque no pudieron, cuántos murieron en el intento sin ser contados, cuántos se quedaron porque no tenían ni para el primer pago al coyote. No hay datos sobre los que no cruzaron, ni sobre los que lo intentaron por rutas nuevas, más oscuras, más peligrosas.
La OIM habla de movilidad regular. Permiso aquí. Visa allá. Pero ¿quién accede? ¿Quién realmente se beneficia? Porque el hambre no espera a que se apruebe un programa. La violencia no se toma vacaciones mientras se firma un convenio.
Y sí, es verdad: hay menos aprehensiones. Menos familias separadas en puntos de control. Menos niños en los albergues de Nuevo México. Pero es imposible no preguntarse: ¿a qué costo? ¿Quién define qué migración es “ordenada”? ¿Por qué siempre es el Norte el que pone las reglas?
En Honduras, un amigo me contó que ahora los jóvenes entrenan fútbol en vez de planear salidas. No por esperanza, dijo. Por falta de recursos. Por miedo. Por el rumor de vuelos de deportación diarios, de rutas bloqueadas por milicias, de migrantes desaparecidos en el norte de México. No es que no quieran ir. Es que ya no creen que puedan.
Y entonces queda esto: una frontera más tranquila, sí. Pero países en la misma agonía. Trabajo que no alcanza. Tierra que no produce. Juventud que se apaga.
¿Fue esto lo que querían? ¿Era esto lo que prometieron? ¿Control o simplemente miedo?
Berta no sabe. Solo dice que extraña la angustia de las despedidas. Porque al menos entonces, sus hijos soñaban.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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