
Mulas del lavado: el reclutamiento que amenaza al sistema financiero chileno
Era apenas una cuenta corriente. Nada especial. Un número en una pantalla, un rut, un nombre común. Pero por esa cuenta, durante tres meses, pasaron cientos de millones. No lo supo hasta que la bancaria la llamó y le dijo que la congelaron. Que había patrones extraños. Que no podía acceder a nada. Ella solo quería ayudar. Un primo le presentó a un tipo en un café de Las Condes, uno educado, con saco, que habló de una “oportunidad de inversión” en cripto. No entendió bien. Solo sabía que necesitaba plata. Su madre estaba enferma. El tipo le dio veinte lucas por firmar. Y luego, cada semana, unos tres millones más por recibir y transferir. Nada más.
Le dijo, más o menos: “Es legal, todo es legal. Es como ser agente de cambio”.
Pero no era cambio. Era transporte.
Aquí no se trata de grandes bancos ni de capos con casas en El Golf. Se trata de tipos como ese —el del saco—, que no está en ningún cartel pero que sabe moverse entre las rendijas. Y de mujeres como ella, con facturas acumuladas, con trabajos que no alcanzan, con sueños demasiado pequeños como para caer en una trampa… pero lo suficientemente desesperados como para firmar lo que sea.
En Chile ya no se llama “mula” como en los manuales. Aquí dicen “prestacuenta”. Un eufemismo frío, como si fuera algo técnico, de papeles. Pero no lo es. Es carne. Gente real. A veces engañada. A veces que saben pero no les importa. O peor: que creen que, si no los atrapan, no hicieron nada.
Y claro, la ley persigue. La 19.913 no hace diferencias. No importa si firmaste creyendo que era una app de pagos o si te enamoraste del gringo en Tinder que luego te pidió usar tu cuenta “solo esta vez”. Si pasó dinero sucio, puedes ir preso. Podrías incluso tener que devolverlo. Y después, ni banco ni crédito ni futuro. Quedas marcado. Como si hubieras llevado el peso del crimen en los bolsillos, aunque solo hubieras usado las manos.
Pero quién fue el que la reclutó, ¿eh? Esa es la pregunta que no se hace. No hay prisión para los que saben exactamente cómo explotar la necesidad ajena. Solo para los que la tienen.
Hay una diferencia sutil, clave, entre un testaferro y una mula. No es solo técnica. Es humana. El testaferro presta su nombre para que algo parezca de él. Una casa. Una empresa. Un yate. El otro… el que mueve el dinero… ese presta su vida. Su rut, su historial, su libertad. Por unos miles. Por una ilusión.
Y los que ganan, los que nunca se mojan, ni siquiera saben cómo se llaman los que limpian el camino.
Hace unas semanas, en Santiago, detuvieron a una red. Chilenos, venezolanos, colombianos. No eran jefes. Ni siquiera medianos. Eran los que recibían, los que transferían, los que firmaban. Algunos tenían trabajos de verdad. Otros, solo deudas. Y arriba, el sistema siguió. Sin parar. Sin nombre.
¿Cuántos más están ahí afuera? Gente con cuentas activas, sin saber que ya no les pertenecen. Que están alquiladas. Que cada transacción los acerca un paso más a una celda, mientras otros duermen tranquilos.
No es nuevo, no es nuevo.
Pero esta vez, el dinero viaja más rápido. Y las culpas, más lentas.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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