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La criptomoneda que contamina como un país: la crisis energética tras el boom digital

Erasmo estaba calentando el motor del aire acondicionado en su taller de Maracaibo cuando vió pasar un camión blindado con letreros de una empresa de telecomunicaciones. No dijo nada. Solo bajó la mirada, apretó la llave inglesa, y siguió trabajando. Su vecina, una enfermera jubilada, llevaba tres días sin luz. En su cuadra, el apagón era intermitente, pero constante. Mientras tanto, un edificio con rejas nuevas, cámaras en las esquinas y generadores que rugían como bestias, encendía sus servidores una vez más. Allí, dentro de esas máquinas, se minaba algo que no se toca, pero que consume como mil hogares.

La electricidad no se ve. Solo se siente cuando falta.

Hace semanas, un ingeniero me contó algo con la voz baja, como si temiera ser escuchado: los centros de minería cripto en el Zulia están pagando por acuerdos directos con generadoras privadas. No sé si eso es oficial. No hay contratos públicos. No hay licitaciones. Solo rumores, cables gruesos y medidores que no pasan por los contadores del Estado. El mismo ingeniero mencionó una cifra —no sé si exacta—, pero habló de que una sola granja puede consumir en un día lo que una parroquia entera en tres. No sé el nombre de la empresa. Creo que se llama BitForge o algo así. O quizás EnergyNode. No me acuerdo bien.

Pero lo que sí sé es que allí donde la gente apaga los neveras para que no se quemen los motores, hay máquinas trabajando veinticuatro horas, resolviendo algoritmos para generar dinero invisible. Y ese dinero no lo usan los que viven con apagones. No lo usan los que buscan insulina en farmacias sin luz. Lo usan otros. En otros lados.

Vi un informe hace tiempo —era de 2023, puede que antes— que decía que Ethereum, después de su cambio a prueba de participación, contaminaba 50.000 veces menos que Bitcoin. Alguien tuiteó eso. Un tipo que se hacía llamar “Crypto Profe”. Lo dijo como si fuera una victoria. Y lo repitió: “Ahora ya no”. Como si antes hubiera sido malo, y ahora ya no. Pero el mundo no cambió. Bitcoin sigue ahí. Y sigue minándose. Sobre todo en sitios donde la energía es barata, como en China, donde la electricidad viene del carbón. Dos tercios del suministro, me dijeron. Carbón. Dióxido. Polvo.

Y aquí, en medio del apagón permanente, alguien pagó en divisas para tener su propio nodo. Privado. Claro. Porque la luz no se raciona igual para todos.

No es que critice la tecnología. Es que no entiendo cómo se legitima un sistema que necesita más energía que Holanda, que Australia, que Reino Unido, según los cálculos de un sitio llamado Digiconomist. Y que, al mismo tiempo, en Caracas, una universidad esté cerrando laboratorios por falta de estabilidad eléctrica. No entiendo.

Hablan de criptomonedas verdes. Dicen que existen. Nano, Ripple, ese tipo de nombres. Hasta aparece una nueva: GBM Coin, para “proteger la jungla amazónica de Argentina”. Sí. Argentina. No aquí. Tampoco en Venezuela. Allá. Mientras tanto, aquí, se talan árboles para aliviar el peso de los tendidos eléctricos que ya no aguantan.

Todo el mundo habla del futuro. Pero el presente ya arde.

¿Quién firmó los permisos para esas granjas? ¿A quién le conviene que el sistema eléctrico colapse? ¿Qué pasa con los que no aparecen, con los que solo sufren la falta de corriente, sin saber que, a diez cuadras, alguien enfría servidores con aire acondicionado mientras ellos no pueden prender una bombilla?

No lo sé. Pero el taller de Erasmo sigue ahí. Y el camión pasó otra vez. Y la luz, otra vez, se fue.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Olivia Chen
Olivia Chen

Olivia Chen investiga fraudes, regulación y evasión fiscal en el mundo de las criptomonedas. Trabajó en Coindesk y colaboró con Bloomberg Crypto en reportajes sobre colapsos de exchanges y burbujas especulativas. Su enfoque combina análisis de blockchain, documentos regulatorios y fuentes en EE.UU. y Europa. Estudió Economía en la University of California, Berkeley, y tiene una certificación en Finanzas Digitales del MIT Media Lab.

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