
Gibraltar, el paraíso fiscal que Europa ignora pero todos pagan
Fabián Picardo una vez dijo que Gibraltar era moderno, transparente, que cumplía con todo. Lo dijo con esa voz pausada de quien lleva traje sin corbata, como si la economía no fuera un campo minado. Pero los trajes no limpian el dinero. Los bufetes sí.
Y esos bufetes están por todas partes. En las esquinas de las calles principales, en webs con tipografías frías, en contratos que nadie ve. Allí donde no hay ventanilla, pero sí cuentas. Allí donde no se registra quién es quién, pero todo funciona.
Hace unas semanas, la UE quitó a Gibraltar de una lista. No importa cuál. Lo importante es que, desde entonces, en Londres alguien respiró aliviado. Alguien que no vive allí, pero que decide allí. Alguien que nombra gobernadores, que veta leyes, que negocia tratos en Mayfair y los entierra en un fideicomiso con nombre de ave: Phoenix Trust Ltd., Albatross Holdings, cualquiera. Nombres que no significan nada y lo significan todo.
Joshua Hassan fue abogado. Peter Caruana también. Picardo, ahora, sigue entre despachos y cámaras. No estoy diciendo que hayan hecho algo malo. Estoy diciendo que el sistema está hecho a su medida. Que legislas mientras asesoras. Que juzgas cuando has firmado antes. Que todo es legal, pero nada es limpio.
Imagínate: un tipo de Moscú necesita mover dinero. No pregunta por un banco. Pregunta por un trust. Y le recomiendan a un despacho en Gibraltar. Ahí, en una oficina sin ventanas, alguien crea una empresa. No tiene empleados. No tiene sede. No declara. Pero tiene cuentas. Y propiedades. Y contratos. Y un dueño que no existe. O que existe muy bien escondido.
Y mientras, la Verja sigue abierta. No por turismo. Por tránsito. Por invisibilidad. Si el tipo ruso entra, no ficha. No se registra. No se pregunta de dónde viene. Porque si se preguntara, tal vez alguien en la UCO uniría puntos. Tal vez se sabría que viene cada tres meses. Que se aloja en el mismo Parador. Que paga en efectivo. Que nunca, nunca, habla de lo que hace allí.
Todos lo sabemos. Pero callamos.
La economía gibraltareña no vive de fábricas. Ni de puertos. Vive de números que no se explican. De activos que no se ven. De un IVA que no entra, de un impuesto que no grava. Y del miedo de España a tocar la frontera, porque del otro lado hay miles de trabajadores del Campo, contratados, precarizados, pagándole a Hacienda lo que allí no pagan los que les contratan.
Y dices: bueno, es un paraíso fiscal. Pero no. Eso es una etiqueta. Lo que pasa allí es más viejo. Es el mismo negocio de siempre: el Imperio se fue, pero dejó las llaves con los amigos. Soldados, no. Banqueros, sí. Jueces, también. Y abogados. Sobre todo, abogados.
La pregunta no es si está limpio. La pregunta es quién se beneficia de que parezca limpio.
Aquí, en el sur, nadie se traga eso de la prosperidad compartida. La prosperidad se reparte en sobres. En comisiones. En silencios. Y en torres que nadie habita, como las Hassans. Y en terrenos rellenados con tierra de nadie, como en Eastside.
Y ahora dicen que Gibraltar entrará en la aduana europea. Que habrá IVA. Que será todo conforme. Yo escucho y… no digo nada. Solo suelto un pito. Como el de carnaval. El mismo que te pones en la boca cuando el entierro ya no da risa.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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