
Bitcoin: la revolución digital que desafía al dinero tradicional
Hace días que no duermo bien. No por insomnio, sino por una conversación que tuve con un tipo en una cafetería de Caracas, allí donde el aire sabe a humedad y promesas rotas. Llevaba una mochila vieja, camisa remangada y mirada de quien ha estado frente a una pantalla más tiempo del que debería. Me preguntó si sabía cómo funcionaba Bitcoin. No fue una pregunta técnica. Fue una pregunta de hambre.
Dijo que su primo, en Maracaibo, había vendido el carro —un Corsa 2004 que le duró quince años— para meterse con todo en bitcoins. Que alguien le juró que así pagaría la operación de su madre. Que le hablaron de libertad, de fronteras que se desvanecen con un clic. Me miró y me dijo: “¿Sabes qué es peor que perder el carro? Perder la esperanza sin entender qué pasó”.
No es nuevo, no es nuevo. Cada vez que la moneda nacional se desploma, aparece alguien con un teléfono y un plan. En Venezuela, donde el bolívar dejó de ser dinero hace rato, todo lo que suene a valor estable se vuelve salvación. Y Bitcoin suena a eso: a algo que nadie puede imprimir, que no depende de un banco, que no se desvanece con un decreto. Pero también suena a oscuridad.
Porque detrás de esa red descentralizada, de esos nodos que reparten el registro como si fuera pan en fila, hay algo que nadie cuenta bien: la minería. Esas computadoras que resuelven acertijos matemáticos bajo el calor de ventiladores que nunca duermen. Y no, no son máquinas en casas humildes. Son granjas enteras, lejos, en países con energía barata, con subsidios que nadie explica. Aquí, en cambio, la electricidad se va cada dos horas. La paradoja es cruel: el sistema que promete liberarte del Estado se alimenta de energía que aquí ni siquiera alcanza para cocinar.
Y los mineros no son héroes con teclados. Son empresas. Grandes, anónimas, con acceso. Y aunque el protocolo diga que nadie controla todo, se sabe —todos lo sabemos— que unos pocos tienen el peso. Igual que en el mundo físico. Igual que siempre.
El tipo de la cafetería no entendía bien cómo se genera un bloque, ni qué es la prueba de trabajo. Tampoco sabía que su primo, al comprar BTC, dependía de plataformas que no son parte de la red original. Que Ripio, por ejemplo, existe como puente, sí, pero también como filtro. Que tiene que dar datos, que hay KYC, que al final de cuentas, el anonimato no es tan anónimo si necesitas pesos.
Me habló de la simplicidad. “Como mandar un correo”, dijo, repitiendo algo que alguien le dijo. Pero no es tan simple cuando mandas cien dólares y no sabes si el valor se desplomará en seis horas. Cuando no sabes si la plataforma cerrará, como tantas veces han cerrado los bancos. Cuando no hay quién responda, ni un número al que llamar.
Bitcoin no se inventó aquí. Surgió en 2008, en medio de una crisis global. Alguien —o un grupo— llamado Satoshi Nakamoto lanzó un documento que hoy parece bíblico. No con fe, sino con código. Y ese texto decía que se podía construir dinero sin intermediarios. Pero ¿qué pasa cuando el mundo entero ya está roto? Cuando no hay confianza ni en el gobierno, ni en el banco, ni en el vecino… y entonces cualquier cosa que no sea papel mojado suena como salvación.
La verdad es que no sé si Bitcoin salva. Sé que se usa. Sé que gente en Argentina, en Colombia, en Venezuela, la mira como se mira una salida de emergencia. Pero también sé que hay quien se queda encerrado. Porque las transacciones son irreversibles. Porque no hay quien te devuelva el dinero si te estafan. Porque el anonimato protege al que envía, pero también al que roba.
Hace unas semanas, un amigo me contó de un profesor en Barquisimeto que convenció a otros docentes de juntar dinero para minar. Compraron equipos usados, pagados en dólares con lo que les quedaba de remesas. Tres meses después, el equipo no rendía ni lo proyectado. La electricidad les comía el margen. El BTC bajó. Todo se fue.
Nadie habla de los que pierden. Solo de los que ganan. De los multimillonarios que surgieron de la nada. Pero los que no tienen capital inicial, los que no entienden el código, los que solo ven una esperanza escrita en una pantalla… ¿dónde quedan?
La red no discrimina. Pero tampoco abraza.
Y ahora todos corren. Porque afuera crece el ruido. Porque en El Salvador lo hicieron ley. Porque en Estados Unidos ya hay futuros, ETF, bancos entrando. Pero aquí, en esta orilla, la pregunta no es si Bitcoin es buena o mala. Es: ¿quién define el precio de la esperanza cuando no te queda nada?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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