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El imperio de la coca: cómo el Cartel de Medellín dominó con terror y poder

Medellín sigue oliendo a pólvora y a miedo viejo, aunque ya no se diga.

Hace unos días, un viejo taxista que conozco, de esos que han visto pasar décadas como si fueran esquinas, me dijo: “Aquí nunca murió nadie de verdad. Los muertos siguen cobrando impuestos.” No supe si reír o encender un cigarro. Lo hice todo.

Hay una foto que no se publica: la de un despacho en Envigado, pequeño, ascético, con papeles amarillentos y una computadora que ya no enciende. En ese cuarto, en los años ochenta, se decidía quién vivía, quién debía dinero, quién desaparecía. No era justicia, pero funcionaba. Se llamaba Oficina de Envigado. Hoy sigue ahí, aunque nadie lo diga tan fuerte.

Escobar no fue el primero, pero sí el que rompió todos los espejos. Surgió no como bicho raro, sino como efecto colateral de un país que no pudo contener su propia putrefacción. Se alió con los Ochoa, sí, pero ellos nunca quisieron la guerra. Ellos querían el negocio. Él quería el poder. Y el poder, allá como aquí, no se negocia: se impone.

Metió en la cárcel un ejército de muchachos de los barrios, esos que nadie reclamaba. Los llamaban sicarios, pero muchos eran huérfanos, desplazados, hijos del abandono que encontraron un padre en medio del humo y las bombas. No les pagaban solo en dólares. Les pagaban en reconocimiento. En respeto. En algo parecido a la dignidad.

En algún momento, el Estado colombiano intentó la extradición. Y el cartel respondió como lo hacen los que no tienen nada que perder: matando. Al ministro Lara. A jueces. A candidatos. A periodistas. A ciudadanos que se atrevieron a decir basta. Pero no era solo venganza. Era una estrategia: si el Estado podía tocarlos, entonces debía dejar de existir como amenaza.

La paradoja es que el terror no los salvó. Los enterró.

Gonzalo Rodríguez Gacha cayó al final de 1989, en un operativo policial que nadie creyó posible. Los Ochoa se entregarían después, con tratos. Escobar, en cambio, quiso su propia regla. La Catedral. Una cárcel hecha a su medida. Con cancha, piscina, salas de estar. Pero no fue un castillo. Fue una trampa.

Porque desde allí, aun en lujo, empezó a perder. Sus propios hombres se cansaron de pagar. Y cuando el gobierno quiso sacarlo, él huyó. No como un capo, sino como un hombre perseguido.

Y entonces aparecieron ellos. Los PEPES.

No era un frente, no era un cartel. Era un pacto entre enemigos: paramilitares, antiguos socios, gente que había visto morir a sus hermanos. Don Berna, que había estado a su lado, ahora lo buscaba con sed de venganza. Por Galeano. Por Kiko Moncada. Por el desprecio.

No fueron solo balas. Fue coordinación. Inteligencia. Un flujo de información que ni la DEA hubiera podido montar tan rápido.

Lo encontraron en un barrio cualquiera, en una casa cualquiera. Lo mataron un 2 de diciembre. No fue heroico. Fue sucio, urgente. Como si todos supieran que mientras él viviera, nadie estaría a salvo.

Pero el cartel no murió. Solo cambió de piel.

Bajo Don Berna, ya no hubo carros bomba en centros comerciales. No hubo declaraciones a la prensa. Ahora se hablaba en códigos, en reuniones en ranchos apartados, en contratos firmados con miradas. Se infiltraron en empresas, en alcaldías, en sindicatos. La violencia siguió, pero disfrazada de negocio.

La Oficina de Envigado no desapareció. Se convirtió en algo peor: en una institución.

Hoy, en Medellín, todavía hay zonas donde la Policía no entra sin permiso. Donde los jóvenes no eligen qué estudiar, sino a quién servir. Donde los muertos no se cuentan porque ya no importan.

Y no se trata de un solo hombre, ni de un solo cártel. Se trata del vacío. De lo que pasa cuando el Estado se retira y deja el poder en manos de los que no dudan.

La pregunta que nadie quiere hacer es esta: ¿cuántas Oficinas hay hoy, escondidas en otros nombres, en otras ciudades, en otras latitudes?

Porque en realidad no importa quién sea el jefe. Lo que importa es que el sistema sigue funcionando.

Y mientras, en algún archivo polvoriento, aún debe estar el registro de quién pagó, quién recibió, quién miró para otro lado.

Pero no se sabe.

No se sabe.


Escrito por una persona 😊, no por la IA.

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Trevor Hayes
Trevor Hayes

Trevor Hayes cubre narcotráfico y crimen organizado en América desde hace más de una década. Trabajó con el Miami Herald y ha participado en investigaciones del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Su reporteo se basa en documentos judiciales, registros de inteligencia y fuentes verificadas. Estudió Periodismo en la University of Texas at Austin y tiene una certificación en Seguridad Nacional del Center for Investigative Reporting.

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