
El colapso de FTX: el escándalo que sacudió al mundo cripto
Sam Bankman-Fried hablaba despacio. No como quien calcula, sino como quien cree que el mundo también se puede ajustar con algoritmos. Lo vi en un video una noche de insomnio, hace unos meses, ya no recuerdo el canal. Estaba sentado, sin corbata, camisa abierta, con esa mirada de chico bueno que se cree que el riesgo se mide en líneas de código. Decía algo así como que todo estaba bajo control, que FTX era distinta, que no era como esos exchanges oscuros donde uno siente el tufo del fraude desde lejos.
Y ahora, pensar en eso, en esa calma calculada, da asco. Porque no era control. Era teatro. El tipo tenía los dedos metidos en todos los bolsillos del mismo traje.
Fue un informe de CoinDesk, no una denuncia, no una investigación criminal, sino un artículo —sí, como este—, el que empezó a desarmar el castillo. Dijeron que Alameda Research, esa firma de trading que él también fundó, tenía más de la mitad de sus activos en FTT, el token propio de FTX. O sea: dinero que no era dinero, valores que no se podían vender sin hundir el mercado que los creó. Un círculo vicioso vestido de innovación.
Entonces entró CZ. Changpeng Zhao, el de Binance, soltó en un tuit que iban a vender sus tenencias de FTT. No dijo por qué. No tuvo que decirlo. Con eso bastó. Fue como prenderle fuego a una mecha que ya estaba mojada de gasolina. En cuestión de horas, los usuarios corrieron a sacar sus fondos. Y la plataforma no los dejó salir.
No había plata.
Los depósitos de clientes, los dineros que la gente creía seguros en su cuenta, se habían usado para apostar. Para operar en Alameda. Para financiar lujos, donaciones políticas en Estados Unidos, contratos multimillonarios con estrellas del deporte, una arena en Miami… Todo construido sobre la ilusión de que el dinero digital no se puede tocar, así que tampoco se puede robar.
El 11 de noviembre de 2022, FTX se declaró en bancarrota. Chapter 11, como Enron. Llegó John J. Ray III. Un tipo curtido en desgracias corporativas. Dijo que nunca había visto tanta desorganización, tanta falta de controles. Que no había papeles, no había auditorías, no había nada. Solo promesas.
Y los reguladores, claro, ahora todos aparecen. SEC, CFTC, hasta el fiscal de Nueva York. Pero ¿dónde estaban cuando FTX se paseaba como adalid de la regulación? Bankman-Fried fue arrestado en Bahamas. Lo extraditaron. Lo juzgaron. Algunos dicen que fue el chivo expiatorio. Otros, que fue el único que se dejó agarrar.
Porque la pregunta no es solo quién se benefició, sino quién sigue ahí. Los inversores que retiraron a tiempo. Los amigos cercanos que vendieron antes del derrumbe. Las firmas de capital riesgo que firmaron cheques gigantescos sin pedir balances reales. Y esas celebridades que sonreían en los avisos: ¿alguna alguna vez preguntó qué pasaba entre bambalinas?
En Latinoamérica, nadie habla mucho de esto. Pero hay gente que perdió su salario, que invirtió sus ahorros pensando que ese mundo era la escapatoria. Ahora están en foros oscuros, en grupos de Telegram, buscando a alguien a quien demandar. No hay forma. Lo suyo no fue solo pérdida. Fue violencia económica.
La tecnología no miente. Pero los que la manejan, sí. Mienten con números, con interfaces limpias, con discursos sobre descentralización mientras centralizan todo.
Hablo con un tipo en Caracas, no quiero decir su nombre, que puso todo en Solana a través de FTX. Dice que nunca usó un banco, que todo lo tenía en cripto. Ahora no tiene nada. “Fue como si se borrara”, dijo.
Y es eso. No fue un error. Fue un borrado.
¿Por qué ahora? Porque no pudieron mantener la ilusión más tiempo.
¿Quién se beneficia? Todos los que tienen plata en efectivo, que nunca confiaron en esto.
¿Y los que no aparecen?
Los que no tienen ni dónde reclamar.
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
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