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La Simbiosis Tóxica: Cuando el Poder Empresarial y Político Se Cruzan
Hace unos días, en una reunión de trabajo, saludé a dos viejas amigas periodistas. Después de ponernos al día, me pidieron mi opinión sobre un político poblano que presumía su origen empresarial. La pregunta tenía un toque de morboso interés; el político no andaba bien, y cada vez se hundía más. Me esperaban un discurso justificativo, pero les dije sin vueltas: está haciendo un trabajo terrible.
Coincidí con ellas en que elegir empresarios solo por ser empresarios no garantiza buenos resultados. Aunque hay excepciones, Querétaro es un caso que funciona, pero la mayoría no ha demostrado una diferencia sustancial. Lo peor es cuando los políticos se convierten en empresarios. Suelen volverse millonarios en poco tiempo, pero no por sus habilidades, sino por aprovechar su posición y poder para beneficio personal. Son muy buenos haciendo cosas muy malas.
Pero dejando a un lado estos ejemplos, hay otro tipo de interacción: cuando el poder económico y el político se mezclan en sus propias trincheras. Es una simbiosis nacida de intereses propios, que a veces comienza como una historia de amor. Cenas elegantes, promesas de grandeza, selfies sonrientes. Pero cuando la luna de miel se acaba, queda un campo minado de traiciones y escándalos.
Tomemos el caso de Elon Musk y Donald Trump, una relación que parece salida de un culebrón hollywoodense. A primera vista, uno es un magnate tecnológico, visionario y defensor de la innovación; el otro, un político impredecible, clasista y populista. Pero ambos compartían un objetivo: el poder.
Durante la campaña presidencial de 2016, Musk era escéptico sobre Trump, y el sentimiento era mutuo. Pero cuando Trump ganó, Musk aceptó un lugar en el consejo empresarial de la Casa Blanca. Era una jugada estratégica, una oportunidad para influir desde adentro. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que Trump no cambia ni comiendo hamburguesas. La retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París fue la gota que derramó el vaso, y Musk se alejó del consejo. Fue un gesto noble, pero también de imagen.
Con Trump fuera de la Casa Blanca, Musk se radicalizó. Desde su compra de Twitter, ha coqueteado con la derecha trumpista, criticando el “wokeismo”, las regulaciones climáticas, el gobierno federal, y cualquier cosa que le saliera enfrente. En marzo de 2024, se supo que Musk y Trump se habían reunido en privado. Musk donó 280 millones de dólares a la campaña de Trump, comprando un lugar en su futuro gobierno. Pero el amor no duró mucho.
La relación empezó a deteriorarse cuando el gobierno presentó un proyecto de ley presupuestario que eliminaba los subsidios a los autos eléctricos. Fue la chispa que encendió la mecha. Elon criticó a Trump, y Trump devolvió el golpe. Ambos se lanzaron amenazas y reproches en sus redes sociales, mostrando el lado más infantil del poder. La pareja se convirtió en una guerra abierta, y quienes pagan los platos rotos son los ciudadanos comunes.
Para los que no tenemos jet privado ni acciones en SpaceX, este culebrón es una señal alarmante. Cuando empresarios y políticos pelean, los que pierden no son ellos, somos nosotros. Aquí van algunas de las consecuencias que veo:
Inestabilidad política disfrazada de show. Cada vez que Trump o Musk abren la boca, las bolsas tiemblan. Las amenazas de Trump a China provocan crisis en los mercados asiáticos y mundiales. Cuando Musk anuncia que cerrará una planta, se pierden miles de empleos. Es como si el país estuviera secuestrado por sus caprichos.
La banalización del poder. La política se ha convertido en un espectáculo de influencer. Las decisiones públicas se toman como si fueran peleas de redes sociales. El “me gusta” y el tweet han reemplazado a las ideologías y los planes de gobierno.
La deformación del rol empresarial. El papel del empresario en la sociedad es generar valor, crear empleo y fomentar el progreso. Pero cuando figuras como Musk entran a la política con intereses personales y actitudes mesiánicas, contaminan esa imagen. Dejan de ser modelos de emprendimiento para convertirse en caricaturas de poder sin límites.
Claro, esto no empezó con Musk ni con Trump. Siempre ha existido una relación promiscua entre política y dinero. Pero ahora es más descarada, más cínica. Las redes sociales amplifican cada movimiento, cada pleito, cada indirecta, multiplicando el daño.
El rompimiento entre Musk y Trump es un síntoma de una enfermedad profunda: la pérdida de límites entre lo público y lo privado, entre el poder legítimo y el poder comprado, entre el liderazgo y el narcisismo. Lo preocupante no es que se hayan distanciado, sino que en algún momento pensamos que podrían ser una buena pareja. Lo preocupante es que millones de personas los ven como un modelo a seguir, cuando en realidad representan el espejo roto de nuestras instituciones.
La pregunta no es si queremos empresarios gobernando. La pregunta es si queremos líderes, del sector que sean, con principios, con visión de largo plazo, con compromiso hacia lo público. Porque lo que nos está matando no es el empresario ni el político en sí. Nos está matando el cinismo, la avaricia y la impunidad con que se mueven los que ya no distinguen dónde termina su empresa y dónde empieza el país.
¿Podemos seguir permitiendo que las decisiones que afectan nuestra vida diaria sean tomadas por los caprichos de unos pocos?
Escrito por una persona 😊, no por la IA.
Si tienes detalles adicionales, comunícalos aquí.